Protocolo y Etiqueta: tomar el té como la aristocracia y realeza inglesas.

Hay pocas horas en la vida más agradables que la hora dedicada a la ceremonia conocida como el té de la tarde

Henry James, Retrato de una dama (1880)

Se dice que en el 2.737 a.C., mientras en Egipto se comenzaban a construir las pirámides de Gizeh, en China reinaba un emperador, de nombre Shen Nung, que era muy aficionado a la ciencia y estudiaba hierbas medicinales. El emperador siempre hacía hervir el agua que había de beber, aunque estuviera de viaje, y en uno de sus trayectos, mientras el agua se calentaba, una delicada hoja cayó en la olla. Fue la primera vez que se preparó el té. 

A Europa este brebaje no llegaría hasta muchos siglos más tarde, de la mano de los holandeses y, sobre todo, de los portugueses, que lo empezaron a importar alrededor de 1610. En Inglaterra, aunque ahora sea uno de sus grandes símbolos, el té no se popularizó hasta finales del siglo XVII. Hasta ese momento, el café era, de hecho, la bebida inglesa por excelencia y los “coffee shops” abundaban: en 1675, en Inglaterra había unos 3.000 establecimientos donde se vendía y bebía café. 

 

 

Cuando llegó a Europa, el té era considerado un lujo con precios prohibitivos al alcance de muy pocos. Tan elitista era que algunas casas holandesas comenzaron a tener de una habitación exclusiva para el té. También los holandeses fueron los primeros en añadir leche al té (también habían sido los primeros en añadirla al café), una costumbre que, cuando se popularizó en otros países, sobre todo en Francia, escandalizó a los paladares más exquisitos. Marie de Rabutin-Chantal, marquesa de Sevigne, escribió una vez horrorizada a un amigo que había visto a una persona cometer el sacrilegio de mezclar té con leche. 

En Francia, al igual que en Holanda, el té se popularizó bastante rápido desde el principio entre las clases altas, básicamente porque se creía que saciaba el hambre. El Cardenal Jules Nazarin, que fue primer ministro, lo introdujo en la corte a mediados del siglo XVII y el rey Luís XIV llegó a ser un gran bebedor. Tan íntimamente ligado llegó a estar el té con la realeza que, después de la Revolución Francesa, cayó en desuso. 

En Inglaterra, el té se popularizó gracias a una mujer portuguesa: la infanta Catalina de Braganza, hija del rey Juan IV de Portugal y reina de Inglaterra desde 1662 por su matrimonio con el rey Carlos II. Lo que más le había atraído al rey de ella era la posibilidad de usar los puertos portugueses de Tangiers y Bombay como bases comerciales. Pero Catalina cambió la historia de Inglaterra porque llevó consigo una dote compuesta de dinero, tesoros varios y baúles repletos de especias y hierbas. Algunos de esos baúles llevaban inscritos “Transporte de Ervas Aromaticas”, el nombre de una compañía portuguesa, que contenían hojas con las que se fabricaba un amargo brebaje: el té.

La reina Catalina de Braganza, reina de Inglaterra e introductora del té en el país.

En tan sólo dos años, su venta se popularizó tanto que, en 1659, un barbero de nombre Thomas Rugg escribía que “en prácticamente todas las calles se vende café, chocolate y una bebida llamada “tee””. El político y célebre diarista británico Samuel Pepys incluso anotó con gran solemnidad su primera experiencia con “una cupp of tee, una bebida china”. Fue el 25 de septiembre de 1660. En 1711 se consumieron 142.000 libras de té, en 1791 fueron 15 millones. 

La costumbre de tomar té como desayuno comenzó con la Reina Ana, que reinó de 1702 a 1714. Por aquel entonces el té ya estaba consolidado en la corte y también se habían incorporado toda la parafernalia que lo rodeaba: platos, tazas, teteras. Antes de que el té llegara, no se había visto en Inglaterra una cucharilla pequeña, ni tampoco una taza de porcelana. Como no había nada de esto, se importaron sets enteros de China y la porcelana se convirtió en un símbolo de prestigio social. Pero la reina Ana comenzó a emplear una tetera de plata y también tazas de plata. Las teteras de plata, así como un bol de plata para el azúcar y una jarra para la leche se convirtieron en un símbolo de riqueza y refinamiento. 

Pero las tazas de plata no acabaron de gustar. En aquel momento las tazas no tenían asas y las damas consideraban que sostener en las manos una taza de porcelana era más cómodo. En 1750, a las tazas les pusieron una asa, siguiendo el ejemplo de las jarras de “posset”, una bebida caliente a base de leche, vino y especias. 

Alrededor de 1750, Inglaterra iba a comenzar un nuevo negocio lucrativo: la creación de su propia porcelana. Sobre 1750, el doctor John Wall y el apotecario William Davis comenzaron unos experimentos en la botica de Davis, en la calle Broad, de la localidad de Worcester, que llevaron a descubrir un método para hacer porcelana. 

La porcelana resultante no era tan refinada como la china, ni era translúcida, pero al menos no se resquebrajaba cuando se vertía agua ardiente. 

Poco a poco, el negocio se amplió, y los servicios de té y las vajillas de Worcester se hicieron famosas. Tanto, que el 1789, Worcester recibió una “royal warrant”, una orden realeza por la que pasaban a ser los suministradores de porcelana a la familia real (y que dura hasta nuestros días). 

Té en el hotel Ritz de Londres, todo un icono de la ciudad.

La creación del “té de la tarde”

No fue hasta 1840 que la costumbre social de tomar el “té de la tarde” realmente emergió. Y fue, de nuevo, gracias a una mujer: Anna Russell, la séptima duquesa de Bedford, amiga de la reina Victoria de Inglaterra, de quien fue “Lady of the Bedchamber”, es decir, una de las pocas escogidas que podía acceder a los aposentos privados de la monarca.

Anna Russell, séptima duquesa de Bedford y creadora del “té de la tarde”

Se dice que el feliz invento sucedió mientras la duquesa visitaba al quinto Duque de Rutland en el castillo de Belvoir. Por aquel entonces, la costumbre social era un desayuno y cena fuerte y una comida muy ligera, básicamente un pequeño sandwich y algo de fruta. Además, en la aristocracia, la cena no se servía hasta las siete, o incluso ocho, de la tarde, con lo que la duquesa de Bedford se moría de hambre por las tardes. De ahí que mandara que le trajesen una taza de té (se cree que fue un Darjeeling) y pan con mantequilla para paliar el hambre.

La idea tuvo tanto éxito que pronto la duquesa invitó a sus amigas a su “boudoir” a compartir el tentempié. Incluso compartió su “secreto” con la mismísima reina Victoria, que adoptó la idea con entusiasmo.

La reina Victoria de Inglaterra, retratada por Winterhalter.

Conocida un poco la historia de tan famoso brebaje, pasemos ahora a las normas básicas del ritual del té de la tarde.

1. Conocer la terminología exacta: “tea”, “afternoon tea”, “high tea”

Los ingleses toman té a todas horas. Sin embargo, el “afternoon tea” o té de la tarde se toma a las cuatro de la tarde (lo de las cinco de la tarde era en Francia). Es un té que, generalmente, se toma con “finger sandwiches”, “scones” (pronúnciese “scons” y nunca “scouns”) y pasteles. A veces, en algunos hoteles, añaden una copa de champán. No es nada tradicional y encarece el precio. Pero hay gente que debe creer que le añade glamour.

También hay quien cree que el “afternoon tea” y el “high tea” son lo mismo. No lo son. El “high tea” es una comida bastante copiosa (con un par de platos, generalmente) que se hacía después de las cinco de la tarde. Era, normalmente, una comida que hacían los criados después de haber servido el té a sus empleadores.

En muchos hoteles, incluso los de postín, se anuncia el “high tea” como “afternoon tea”. Es, simplemente, porque muchos turistas no conocen la diferencia y la costumbre de creer que “high tea” queda más grandilocuente está, inexplicablemente, muy extendida.

Otra cuestión clave es saber qué es el “cream tea”. Como el “afternoon tea”, con tantas pastas, llena bastante, mucha gente opta por tomar el té con scones (acompañado, por supuesto, por “clotted cream” y “jam”). A esta combinación se la denomina “cream tea”. Es deliciosa y mucho más ligera.

2. Siempre con hojas sueltas de té y nunca, jamás, con bolsitas.

En Inglaterra hay libros, manuales y miles de tutoriales sobre cómo preparar la taza de té perfecta. Incluso perduran debates sobre si debe o no (y cuándo) ponerse leche, o sobre el punto exacto de ebullición del agua. Aquí en Bolfold nos ceñimos a las normas más clásicas. Básicamente porque son las más sencillas y las de mejor resultado.

Para empezar, hay que calentar la tetera donde se servirá el té. Para ello, simplemente hay que poner un poco de agua caliente del grifo y remover durante unos segundos. Luego, el agua se tira. La idea es que las paredes del recipiente estén calientes y la temperatura del té se mantenga mejor.

Luego, con la tetera vacía, hay que poner las hojas del té sueltas (insistimos: ningún “british” de pro emplea, ni se le pasa por la cabeza, las bolsitas de té). Las “caddies”, las cajitas donde se guarda el té, son toda una institución en el país.

Caddie con hojas de té (mezcla “Royal Blend”) de Fortnum and Mason, la sacrosanta institución británica para comestibles y proveedores de la Familia Real.

En cuanto a las cantidades, en Inglaterra está la norma del “one for the pot”. Hay que poner una cucharilla de té por persona que vaya a tomar el té y “una más para la tetera”, lo que aporta más sabor.

3. El agua caliente, pero sin llegar a hervir.

Una vez con las hojas de té dentro de la tetera, se introduce el agua. Debe estar caliente pero no ardiendo. La clave es que esté a punto de ebullición, pero sin llegar a hervir (para que nos entendamos: sin burbujas).

4. En taza de porcelana y con “strainer”.

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