Cuando las estatuas también cayeron

Muchos han sugerido que el libro que mejor explica lo que estamos viviendo es Diario de la peste”, de Defoe, y en segundo lugar, La peste”, de Camus. Sin embargo, y desde el mayor de los respetos a estas obras maestras, creo que los tiros van por otro lado. Porque estas dos maravillas explican un momento puntual y conciso de nuestra realidad cotidiana (la pandemia), pero no una estructura mucho mayor y más compleja que abarca desde nuestros ineptos políticos a la caída de estatuas en Estados Unidos (y en muchos más lugares, por cierto: ya han aparecido estatuas vandalizadas de Voltaire en París y de Alejandro Magno en Grecia). 

Personalmente, creo que tenemos que mirar más allá para entender lo que nos pasa. Y más atrás, para ser precisos. En concreto, hay que dar marcha atrás unos cuantos siglos, porque lo que mejor explica el mundo actual es lo que ya explicó el fin del mundo clásico. Apunten, por ello, estos dos libros: “Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano”, de Edward Gibbon, y “La edad de la penumbra”, un ensayo demoledor —y magistral— de Catherine Nixey que describe y analiza el fin de una era a manos del fanatismo movido por lo que, en principio, eran magníficas intenciones. ¿Les suena familiar?

El libro de Nixey comienza en un jardín, un jardín que acaba de ser arrasado. Unos aguerridos y barbudos soldados, como se hacían llamar, habían decidido —¡por fin!— poner fin a la opresión a la que habían sido condenados durante siglos y, por ello, habían destrozado una gran estatua de una diosa que, ellos lo sabían, era pagana. ¿Acaso tenían que seguir tolerando símbolos que representaban una blasfemia? ¿Por qué tenían que quedarse callados e inmóviles ante lo que era un insulto hacia su religión? Ya habían sufrido suficiente, decidieron. Por ello, como símbolo de su rebelión e inicio de su ansiada libertad, avanzaron por el jardín, entraron en el templo de Palmira y destruyeron la impresionante estatua de Atenea que allí se custodiaba. Es más: una vez en el suelo, la decapitaron. La desmembraron. La redujeron a pequeñas piezas insignificantes. 

Era el año 385 dC. Los soldados pertenecían a un nuevo grupo que acababa de deshacerse de sus cadenas milenarias y había abrazado una fé. Les llamaban “cristianos”. 

***

Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano, de Edward Gibbon. Alba editorial.

El primer volumen de Historia de la decadencia y Caída del Imperio Romano apareció el 17 de febrero de 1776, menos de seis meses antes de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. Fue una mera coincidencia, pero la fecha no podía ser más apropiada. 

Le siguieron cinco volúmenes más (el último lo acabó de escribir, como él mismo indicó, el 27 de junio de 1787, entre las 11 y las 12, en el jardín de su casa de verano). El resultado, desde luego, es una obra descomunal (ahora hay versiones abreviadas en un sólo tomo) que entre otras muchas cuestiones, analiza el papel de la religión cristiana en la caída del Imperio. Y las conclusiones, sin duda, no fueron excesivamente positivas. “Un teólogo”, escribió, “se puede permitir el placer de describir la religión como si ésta descendiera del cielo, bendecida por su propia pureza. Pero al historiador se le impone una tarea menos melancólica. Debe poner al descubierto la inevitable mezcla de errores y corrupción que la religión adquiere cuando se instala en la tierra, entre seres débiles y degenerados”. 

Para Gibbons, y contrariamente a lo que se pensaba hasta entonces, el Imperio Romano, aún con todos sus errores —que, sin duda, los tuvo—, fue un lugar de cierta tolerancia para los estándares de la época. En cambio, las primeras comunidades cristianas se caracterizaban por un “excesivo celo por la verdad y pureza de sus creencias”, una obsesión que los tornaba intolerantes y, pasados un breve periodo de tiempo, incluso violentos. Practicaban la intimidación sin contemplaciones y hubo verdaderos “místicos” que se creyeron ungidos por un nivel de fé superior y, por tanto, “obligados” a llevar a cabo “acciones” que asegurasen la victoria a su revolución. 

La edad de la penumbra, de Catherine Nixey. Editorial Taurus.

La historiadora Catherine Nixey, siglos más tarde de Gibbon, recogió el testigo de este planteamiento y lo volvió a colocar en la palestra. La Roma pre-cristiana, defendió en su libro, ha sido siempre pintada como un lugar cruel para las minorías, represor y arbitrario al máximo. En cambio, ha habido una tendencia excesiva a analizar a la primera cristiandad como un movimiento prístino y ejemplar, valiente, noble y movido siempre por principios éticos insoslayables. Cuando la realidad era muchísimo más compleja. Y no siempre tan optimista. 

De hecho, llegó a niveles de violencia extrema. Se comenzó con estatuas y se siguió con personas. ¿Se acuerdan de Hipatia, al fabulosa matemática y astróloga alejandrina? Sí, fue asesinada por una turba de cristianos. Y no fue la única. 

En el libro de Nixey se explica un caso interesante para entender el mundo actual: el de San Shenute, un religioso egipcio, todo un icono de la iglesia ortodoxa copta. Pues bien, en La edad de la penumbra” no sale del todo bien parado, porque resulta que era parte de una panda de vándalos que entraban violentamente en las casas de los que no pensaban como ellos y les destrozaban la morada. Todo ello, justificaban, por motivos estrictamente religiosos, claro. 

Y no eran los únicos incívicos: el primer cristianismo se caracteriza por cerrar centros de estudio, clausurar templos, destruir arte que consideraban contrario a sus creencias y, sí, quemar libros (de hecho, muchos libros: los de Platón y Aristóteles entre muchos otros). 

Tanto Gibbon como Nixey defienden una idea que deberíamos tatuarnos a fuego: que la violencia, tanto en el pasado como en el presente, surge inexorablemente cuando la fé y la razón se enfrentan. Y cuando supuestos oradores de medio pelo, tertulianos los llamaríamos hoy, dan sermones repletos de odio arengando y justificando cualquier acto, por estúpido y violento que sea, en pos del objetivo final. Y cuando, además, al “otro”, así en genérico, se le considera un “enemigo” al cual no hay simplemente que ganar, sino abatir. Destruir completamente. Porque no estamos delante de una discusión sobre matices ni una disquisición cultural: es una lucha, una guerra más bien, entre polos opuestos que jamás se podrán reconciliar. Porque la existencia de uno niega la del otro. 

Lo vimos en la caída de Roma y lo vemos ahora. Los símbolos son necesariamente distintos, las causas son diferentes, pero el fanatismo es el mismo.

Porque, desgraciadamente, otra vez estamos viendo caer las estatuas. 

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