Dentro de la nueva estrategia electoral de la extrema derecha francesa

Autoria
Ana Polo Alonso

El domingo se celebraron la segunda vuelta de las elecciones locales en Francia, una contienda caracterizada por una altísima abstención, un varapalo severo al partido de Macron, fuertes avances para los Verdes (los verdaderos ganadores de la noche) y una victoria incontestable del (partido hasta hace poco conocido como) Frente Nacional en Perpignan.  

En cuanto se conoció la victoria de Louis Aliot en Perpignan, el Rassemblement National, como ahora se llama el partido de Marie Le Pen, lo celebró por todo lo alto: era la primera vez que la extrema derecha conseguía ganar las municipales en una ciudad francesa de más de 100.000 habitantes desde que en 1995 ganasen en Toulon

Louis Aliot, de la extrema derecha francesa, en un acto de campaña para la Alcaldía de Perpignan.
Louis Aliot, del Frente Nacional, en la campaña que ha permitido ganar a la extrema derecha en Pepignan.

El champán debió correr de lo lindo en los cuarteles generales del antiguo Frente Nacional mientras la prensa progresista se afanaba por relativizar una victoria que tiene mucho de simbólica. Que si el Frente Nacional en realidad había perdido el 40% de sus regidores en todo el país. Que si habían perdido dos de las diez alcaldías que consiguieron hace seis años. Que si más que dar una gran bofetada a Macron, le habían soltado una merca caricia. Etcétera. 

Es cierto que hace seis años, en el 2014, el Frente Nacional consiguió 1.438 escaños en 463 communes, mientras que ahora se han tenido que conformar con 840 escaños en 258 communes. Pero eso no quita que se hayan llevado uno de los grandes bastiones de la derecha. Hasta ahora, el municipio más grande donde gobernaba el Frente Nacional era “Le Fréjus”, mientras que ahora tienen Perpignan, una ciudad de 120.000 habitantes, clave en el sur del país. 

La prensa progresista ha querido minimizar el triunfo de la extrema derecha en Perpignan. Pero el simbolismo es inmenso: por primera vez desde el 1995, la extrema derecha gobierna en una ciudad francesa de más de 100.000 habitantes.

Además —y esto quizás es lo más importante—, el nuevo Rassemblement National ha empleado Perpignan para ensayar, pulir, mejorar, perfilar, perfeccionar y poner en práctica una nueva estrategia electoral que les permite, no sólo ganar votos cómodamente, sino tejer alianzas con otros partidos. 

El clima fértil

El terreno, desde luego, era más que perfecto para el Rassemblement National. La ciudad de Perpignan tiene cierto encanto, aunque está claramente dejada y bastante sucia. La tasa de paro en es del 23%, tres veces la media nacional. Un tercio de los habitantes vive por debajo del umbral de la pobreza. La tasa de criminalidad es preocupante. 

La zona es, además, culturalmente diversa. Una pequeña minoría habla catalán y hay una gran comunidad de pied-noirs, europeos que abandonaron Algeria después de que ganase su independencia de Francia en 1962. También hay mucha inmigración árabe y una de las mayores comunidades de gitans, gitanos, del país. 

Ningún grupo se mezcla con otro. Los más pobres viven en el centro y los más pudientes escapan a los suburbios. La multiculturalidad es un concepto que no triunfa: hay un claro rechazo del “otro” y, sobre todo, de la marginalidad asociada a la pobreza. 

Por todo ello, no es de extrañar que el antiguo Frente Nacional sacara aquí buenos resultados electorales. Louis Aliot, el que fuera Jefe de Gabinete de Jean-Marie Le Pen y pareja de Marie Le Pen durante años, se presentó a la alcaldía de Perpignan en el 2008 y en el 2014. La última vez se quedó cerca de conseguirlo: podría haber sido alcalde si el candidato socialista no hubiera ofrecido sus votos para evitar que la extrema derecha llegase a la Alcaldía. 

Esta vez, sin embargo, Aliot regresó con más fuerzas. Aprendió de sus errores, identificó sus puntos débiles y ha puesto en marcha una campaña realmente exitosa. 

¿Una nueva era?

El Frente Nacional fue creado a principios de los años 70 por nostálgicos del pasado colonial y tipos claramente neofascistas que propugnaban la lucha por la “identidad” francesa. Su odio hacia los inmigrantes es tal que en las últimas elecciones presidenciales llegaron a proponer la eliminación de la “ciudadanía por nacimiento” y la imposición de impuestos para la contratación de extranjeros. 

En los últimos años, su mensaje ha conseguido un gran eco. Pero el partido adolecía de un “techo de piedra”, un número de votantes que no se ampliaba. Básicamente, o al menos así lo entendió Marie Le Pen, porque muchas personas los tenían encasillados en la imagen de “radicales” y “racistas”, como un partido capaz de chillar al establishment pero incapaz de gestionar administraciones públicas y proponer políticas realmente efectivas. 

Muchos franceses tienen encasillado el partido de Marie Le Pen como “radicales” y “racistas”. Como un partido que sabe protestar pero no gestionar administraciones públicas. De ahí que Marie Le Pen se obsesionara con conseguir alcaldías a cualquier precio.

De ahí que Marie Le Pen se obsesionara con conseguir alcaldías a cualquier precio. Lo que históricamente siempre había costado muchísimo al Frente Nacional. Es cierto que consiguieron Toulon en 1995, pero sólo estuvieron un mandato porque el partido sufrió enseguida divisiones internas y escándalos de corrupción. En el 2014, cuando Francia estaba literalmente harta del presidente François Hollande, el Frente Nacional tan sólo consiguió 11 alcaldías (y todas de pueblos pequeños). En el 2014 consiguió colocar muchos concejales, pero no acabó con hacerse con el poder de prácticamente ningún consistorio. 

Ahora Le Pen tenía sus ojos puestos en dos áreas geográficas muy importantes para ellos: las regiones más al norte, con un pasado claramente industrial, y las regiones más al sur, predominantemente agrícolas. Ambas tienen algo en común: todas padecen graves dificultades socioeconómicas. Y como demuestran todos los estudios, el Frente Nacional lo tiene mucho más fácil para ganar en áreas con alto nivel de desempleo. Es decir, las zonas más pobres son las que votan a la extrema derecha. Perpignan es el claro ejemplo. 

Sin embargo, lo que se ha puesto en marcha en Perpignan es una estrategia para llegar más allá del votante tradicional de la extrema derecha. La clave aquí es que el partido ha sabido atraer a electores de derechas, incluso a más de un liberal. 

Louis Aliot se ha presentado a la alcaldía con un mensaje de “renovación”, incluso de “esperanza”. De hecho, aunque nunca negó que pertenecía al Rassemblement National, se presentó como un independiente, como el cabeza de una alianza llamada “Perpignan. Un gran futuro”. En los carteles de campaña, el nombre de Rassemblement National no aparecía por ningún lado y el eslogan era claro y optimista: “Por una ciudad más segura, más limpia, más próspera”.

Imagen del poster de campaña de Alouis Aliot en Perpignan.

Sobre todo, Aliot se postuló como la única persona capaz de hacer frente al tradicional “clientelismo” que ha caracterizado la política de la ciudad en las últimas décadas. De hecho, Perpignan ha sido gobernado por una especie de dinastía desde el final de la Segunda Guerra Mundial: primero el alcalde fue Paul Alduy, luego vino su hijo (Jean-Paul Alduy) y después, desde el 2009, un fiel colaborador de la familia (Jean-Marc Pujol, actualmente de 70 años). Todos los políticos que se presentaron a la alcaldía estaban de acuerdo que este “clientelismo” de cortijo estaba creando graves problemas a la ciudad. Para comenzar, es imposible conseguir ciertos trabajos o algunos contratos a no ser que se tengan unos lazos muy fuertes con el partido en el poder. 

Aliot, además, ha atraído a un electorado más diverso que en contiendas anteriores. El votante tradicional del antiguo Frente nacional eran los soldados retirados o los pied-noirs, muy preocupados por la inmigración y, sobre todo, con el crecimiento descontrolado del coste de vida. 

Esta vez, sin embargo, Aliot no se ha concentrado sólo en ellos. Era muy consciente de que los partidos tradicionales estaban muy desprestigiados y que la Repúblique en Marche, el movimiento del presidente Macron, estaba en horas bajas por la impopular reforma de las pensiones, entre otras muchas cuestiones. 

De ahí que, más que centrarse sólo en insultar a los inmigrantes, se ha presentado con un mensaje basado en la “seguridad”, con lo que incluso buscó el voto de inmigrantes que estaban hartos de las altas tasas de criminalidad. 

El nuevo hombre detrás del telón

El cambio de “narrativa” se debe a un nuevo hombre clave en el equipo de Louis Aliot: Jean-Paul Garraud, un antiguo magistrado y miembro del conservador UMP (Union por un Mouvement Populaire), que se pasó al Rassemblement National (oficialmente como independiente) en la elecciones europeas. Aunque ahora es Eurodiputado, ha pasado muchas horas sobre el terreno en Perpignan, facilitando a Aliot todos sus contactos en la UMP y, sobre todo, La Droite Populaire, una asociación política surgida de los partidos tradicionalmente de derechas y que propugna la defensa de la identidad nacional y la lucha contra la inmigración ilegal. 

Jean-Paul Garraud, el poder detrás de la victoria de la extrema derecha en Perpignan.

La clave, como el propio Garraud reconoció, era “demostrar al votante tradicional de derechas que podían votar al Rassemblement National en toda confianza”. Y lo han conseguido: un análisis rápido del voto que ha cosechado Louis Aliot demuestra que ha ganado más votos en aquellos barrios donde antes se votaba a la derecha tradicional. 

De hecho, estos nuevos votantes son los antiguos seguidores del RPR, la Rassemblement pour la République, un partido de inspiración gaullista, creado por Jacques Chirac y que se integró en el 2002 en el partido conservador de la UMP. Desde los noventa, en la RPR defendieron una agenda basada en el control estricto de la inmigración, llegando a proponer el cierre de las fronteras y la “incompatibilidad entre el Islam y nuestras leyes”. “Estos votantes estaban huérfanos”, reconoció Jean-Paul Garraud. “Sólo había que demostrarles que no había diferencias entre Louis Aliot y la antigua RPR”. 

El “modelo Ménard”

En el fondo, Louis Aliot no ha hecho nada que Rassemblement National no hubiese hecho con anterioridad, sólo que esta vez ha sido a mayor escala. De hecho, quien marcó el camino a seguir fue Robert Ménard

Hace seis años, Ménard se hizo con la alcaldía de Béziers sin reconocer abiertamente que era de Rassemblement National y apostando por una lista “transversal”, “sin etiquetas”, que aprovechó las debilidades de los partidos de derechas tradicionales. Ahora Aliot ha hecho lo mismo: no ha invitado ni una vez a Marie Le Pen a los actos de campaña y se ha evitado cualquier referencia explícita al partido. 

Robert Ménard, alcalde de Beziers.

Ninguno ha negado sus simpatías, por supuesto, pero han intentado superar la imagen negativa —absolutamente perniciosa— que “Rassemblement National” tiene. Y han demostrado que se puede ganar cómodamente siendo de extrema derecha. 

Lo que, sin duda, no se le debe haber pasado por alto a Marie Le Pen. Dentro de poco habrá elecciones regionales en Francia. Y las presidenciales son en dos años. Tiempo de sobra de poner en marcha una nueva estrategia electoral que se ha demostrado exitosa. 

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