La otra cara de Alexandria Ocasio-Cortez

Autora
Ana Polo Alonso

“Los CEOs de Wall Street, desde Goldman Sachs a Blackstone, han invertido millones para derrotar a nuestra campaña de base esta noche. Pero su dinero no puede comprar un movimiento”. 

Alexandria Ocasio-Cortez mandaba el miércoles por la noche este triunfante mensaje de Twitter cuando se confirmó lo que todo el mundo daba por hecho: que había ganado las primarias demócratas del 14º Distrito de Nueva York, lo que “de facto” asegura su reelección al Congreso. 

Mucha prensa se a afanado a ver en esta victoria la confirmación de que Alexandria Ocasio-Cortez, o AOC como la conocen sus seguidores, es “el icono de la oposición a Trump”. La nueva estrella del ala más progresista. La esperanza de toda una generación. Echen un vistazo rápido a los titulares y descubrirán que Ocasio-Cortez “ha arrasado” y, sobre todo, “ha derrotado” a sus “enemigos de Wall Street”. Así, con grandilocuencia y sin perder una pizca de épica. 

Ahora bien, siento amargarles la fiesta, pero la realidad es menos peliculera. Y para demostrarlo, vamos a recordar unos cuantos datos y a poner sobre la mesa unas cuantas cifras. 

Comencemos por lo básico. El distrito número 14 de Nueva York, que básicamente consiste en el Bronx y gran parte de Queens, es de lo más demócrata que existe en Estados Unidos. En las presidenciales, Obama se llevó el 80% del voto en el 2012 y Hillary Clinton arrasó con el 77%. En las elecciones del Congreso pasa lo mismo: los candidatos demócratas han ganado siempre desde 1990, con un margen de victoria tan avasalladoramente amplio que los Republicanos lo deben pasar francamente mal para encontrar a alguien que quiera para el mal trago —y la humillación de— presentarse a la campaña y perder. 

Por cierto, casi la mitad de los habitantes del distrito 14 son Latinos. El 46% son blancos, hay un 11% de negros y un 16,5% de asiáticos. Además, y aquí llega lo interesante, es un distrito increíblemente gentrificado, sobre todo en la parte de Queens, donde barrios como Astoria, Sunnyside o Woodside, que hace años eran claramente obreros, ahora están llenos de jóvenes hipsters en bicicleta que comen hamburguesas veganas. Quédense con este dato porque lo explica todo. 

Alexandria Ocasio-Cortez en una imagen de su campaña para la reelección en Nueva York.

¿Ganar contra corriente?

Insisto: que los demócratas ganasen en una zona de estas características era lo obvio. La cuestión, por tanto, era qué demócrata se presentaba. Y aquí es donde Alexandria Ocasio-Cortez vio su oportunidad. AOC saltó a la palestra hace dos años, en el 2018 para ser exactos, cuando contra todo pronóstico venció en las primarias demócratas a Joe Crowley, un político que había servido como congresista desde 1999. 

Alexandria Ocasio-Cortez se enfrentó a Joe Crowley en las primarias demócratas del 2018.
Alexandria Ocasio-Cortez se enfrentó a Joe Crowley en las primarias demócratas del 2018.

Hay que reconocerlo: la campaña de AOC fue excelente desde el punto de vista de la comunicación política. Fue fresca, inspiradora y con un uso muy inteligente de las redes sociales. Visualmente fue de lo mejor que se ha visto en los últimos años, con una apuesta por un diseño gráfico de calidad muy definida. 

Pero más allá de esta cuidadísima estética, la narrativa que se creó alrededor de Alexandria Ocasio-Cortez no se correspondía del todo con la realidad. En una gran parte de la prensa de izquierdas se vendió la campaña como “un movimiento” que “daba voz a los más desfavorecidos”. Por fin, se explicó hasta la saciedad, los menos privilegiados se habían liberado de las cadenas, habían alzado su voz y habían aupado a una mujer al poder. Todo ello, por supuesto, frente a hordas de enemigos, auténticos villanos todopoderosos del “establishment”, que ansiaban su derrota. “Nuestra campaña”, reconoció la propia AOC, “se basa en un mensaje de dignidad económica, social y racial para la clase trabajadora de América, especialmente en Queens y el Bronx”. 

Pósters de campaña de Alexandria Ocasio-Cortez del 2018.

Hay que decir que como mensaje está muy bien —incluso es original—, pero no reflejaba lo que pasó en realidad. Básicamente porque Crowley (de origen irlandés y nacido en Queens) sacó más votos entre la gente realmente humilde, mientras que AOC (de origen puertorriqueño y nacida en el Bronx) se centró en ese voto “gentrificado”. En otras palabras: Crowley consiguió más votos en el Bronx que AOC, a pesar que ella nació allí y que la prensa parecía obsesionada en demostrar que todo el Bronx estaba haciendo campaña por ella. 

Es más, en algunos barrios de Queens, como East Elmhurst (con un grandísimo número de latinos) o la zona de LeFrakCity (predominantemente negra y con una numerosa comunidad hispana) también ganó Crowley. Insisto: en las zonas realmente más desfavorecidas no ganó AOC. 

En realidad, AOC ganó las primarias porque el voto joven de los barrios más gentrificados de Queens se movilizó a niveles nunca vistos en el distrito. No era una cuestión de Latinos contra el “establishment”, como nos vendieron, básicamente porque esos barrios de Queens donde ella ganó son los menos latinos del distrito. 

Una genio de la comunicación

No hay que quitarle méritos a Alexandria Ocasio-Cortez. Porque, siendo sinceros, los tiene. Básicamente, desde el punto de vista de comunicación, es una auténtica genio. Sin paliativos: de lo mejor en la política estadounidense en las últimas décadas. Poca gente son capaces de clavarte eso que ahora se llama la “narrativa personal”. El “storytelling”, que dicen los estadounidenses. El famoso “branding”. Pero ella es capaz de elevarlo a una forma de arte. 

Miremos su “relato”. Oficialmente, Alexandria nos explicó que era una chica obrera del Bronx que trabajaba de camarera en un bar de tequila. Una chica del barrio, vaya, que había tenido que sufrir lo indecible para salir adelante. Sin embargo, su auténtica biografía no era tan lacrimógena. 

Es cierto que nació en el Bronx, en la zona de Parkchester para ser exactos. Su madre es de Puerto Rico y trabajaba limpiando casas. Su padre, sin embargo, aunque hijo de puertorriqueños, había nacido en el Bronx, había estudiado Arquitectura y era el propietario de una pequeña compañía de arquitectura que le permitió ganar el suficiente dinero como para trasladar a su familia a la próspera Westchester Country, a 45 kilómetros de la ciudad de Nueva York, un burgués y elegante suburbio de Yorktown Heights donde el 90% son blancos y la media de ingresos por familia es de 137.580 dólares anuales. 

Alexandria llegó a su nuevo hogar cuando tenía cinco años y se crió en un ambiente bucólico, repleto de casitas preciosas, prados, granjas y monumentos históricos. Estudió en muy buenos colegios y luego fue a la Universidad de Boston, una de las cincuenta mejores universidades del país. Se licenció en el 2011 en Economía y Relaciones Internacionales. 

Alexandria Ocasio-Cortez con Bernie Sanders.

Al Bronx, en realidad, sólo iba de vez en cuando a visitar a su familia. Nadie duda de que le debían resultar chocantes las diferencias entre su propia casa y los modestos apartamentos donde sus tíos y primos residían. Lo que sin duda debió despertarle una gran conciencia social. Como ella misma reconoció aquellos “viajes en coche de cuarenta minutos” que tardaban en ir de su casa al Bronx le sirvieron para darse cuenta de “que tu código postal determina tu destino”. Lo que es totalmente cierto: el hecho de vivir en una zona rica le dio a Alexandria unas oportunidades que sus propios primos no podían ni soñar. 

No hay duda de que AOC también sufrió lo indecible a nivel personal. Cuando era adolescente a su padre le diagnosticaron un cáncer de pulmón. Murió el otoño del 2008, cuando ella estaba aún en la universidad. Su enfermedad y su muerte, aparte del dolor inmenso, provocó a la familia problemas económicos ligados con su herencia. El momento, además, no podía ser peor: eran los años de la Gran Recesión y la propia madre de Alexandria tuvo que ponerse a conducir autobuses para salir adelante. Según ella mismo dijo, estuvieron a punto de perder su casa. 

AOC tuvo suerte y pudo seguir en la universidad. Es más: fue becaria en la oficina del todopoderoso y ultra prestigioso Senador Ted Kennedy, lo que significa que vivió en Washington sin cobrar un dólar. Además, después de graduarse fundó una editorial, Brook Avenue Press, que quería dar a conocer libros que explicasen el Bronx desde una perspectiva positiva. El proyecto, sin embargo, no prosperó y tuvo que cerrarlo. 

AOC también trabajó para el National Hispanic Institute y fue “organizer” en la campaña presidencial de Bernie Sanders. Después de que éste perdiera en el 2016, Alexandra y unos amigos alquilaron un Subaru y viajaron miles de quilómetros para apoyar a los Lakota Sioux en su lucha contra un gasoducto. De vuelta pararon en Flint, en Michigan, un estado tradicionalmente demócrata donde había ganado Donald Trump. Aquel viaje (donde, como ella misma reconoció, sobrevivió a base de Red Bulls, barritas energéticas y Cheetos) la convenció para dar el salto a la política. 

Netflix dispone de un documental sobre la campaña electoral de Alexandria Ocasio-Cortez. Se titula "Knock Down the House".
Netflix dispone de un documental sobre la campaña electoral de Alexandria Ocasio-Cortez en el 2018

El destino, desde luego, debió escuchar sus deseos, porque mientras conducía de vuelta a Nueva York, recibió una llamada. Era del Brand New Congress, una asociación formada por antiguos colaboradores de Bernie Sanders que ahora reclutaban candidatos progresistas (el hermano de AOC fue quien propuso su nombre). 

AOC se embarcó en su nueva vida de candidata, comenzó a trabajar en una ONG de día (en su currículum se decía que era Directora de Educación) y, para completar sus ingresos, hacía de “bartender” (la persona que prepara los cócteles) en una taqueria de Manhattan. Pagaba cada mes 200 dólares como seguro médico (era beneficiaria del Affordable Care Act) y 300 dólares más para cubrir la deuda de sus costes universitarios (la deuda total cuando se licenció era de 25.000 dólares). 

Desde el Brand New Congress le pusieron en contacto con antiguos voluntarios de Bernie Sanders para comenzar su campaña. Uno de ellos era Jake DeGroot, un antiguo director de iluminación de teatro que había participado en el movimiento de Occupy Wall Street. DeGroot se convirtió en su Director de Organización Digital y, sobre todo, la puso en contacto con un montón de actores, retirados o en activo, que vivían en el barrio de Astoria (apodado “Actoria” por el gran número de actores que allí viven). Muchos de ellos ahora se dedicaban al “activismo” como segunda profesión y la gran mayoría había sufrido en carne propia los estragos de la recesión. Ellos fueron los que le ayudaron a modelar su “narrativa” y poner en marcha su campaña. 

Una campaña diferente

En contra de lo que se pueda pensar, AOC no hizo una campaña centrada en los problemas más inmediatos y acuciantes de las clases más desfavorecidas (¿alguien le ha escuchado decir algo sobre cómo mejorar el acceso a la vivienda en las zonas más pobres? ¿Se sabe qué propone para dinamizar la economía y atraer puestos de trabajo? ¿Alguna idea para mejorar la seguridad?). 

No, AOC dejó de lado estos temas más “triviales” y se centró en todo aquello que podía galvanizar, estimular y entusiasmar al joven votante hipster: establecer una política exterior basada en los Derechos Humanos, abolir el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de los Estados Unidos, crear un sistema universitario gratuito y poner en marcha un sistema de sanidad pública al modo europeo nórdico. De hecho, el fin de semana anterior a las primarias demócratas, viajó a Texas para participar en las protestas contra las separaciones familiares de inmigrantes en la frontera con México

La prensa enseguida se hizo eco de su discurso y comenzaron a vender que su mensaje de esperanza era tan poderoso que había conseguido atraer a miles de voluntarios entusiasmados. Lo cual, desde luego, no se correspondía con la realidad. 

Aparte del empujón inicial del Brand New Congress, al comienzo de su campaña AOC se puso en contacto con organizaciones que ya tenían bases de datos descomunales. En concreto, contó con la inestimable ayuda de Justice Democrats, una organización que había colaborado activamente con Bernie Sanders y que guardaba miles de direcciones de correos electrónicos de la campaña presidencial del 2016. Fueron ellos quienes enviaron un mail para pedir el apoyo a AOC y enseguida consiguieron voluntarios para participar en los cuarteles de Alexandria Ocasio-Cortez. 

Cuando ganó, AOC dijo que “comencé esta campaña literalmente en una bolsa de papel. Tenía unos cuantos flyers y me pasaba el día llamando a las puertas sin parar y hablando con la comunidad”. Precioso, pero incluso su propio equipo ha reconocido que la clave de su victoria fue una estudiadísima estrategia digital para identificar votantes clave. 

Saikat Chakrabarti, presidente de Justice Democrats (y ahora jefe de gabinete de AOC), reconoció a The Intercept que se habían usado registros de votos para identificar los perfiles de posibles votantes en sus redes sociales y comenzar así a enviarles anuncios digitales. Al cabo de unos días, además, aparecía en la puerta “casualmente” un voluntario para explicar en persona las bondades de la candidata. Había más: se llamó por teléfono todas las veces que hacía falta y se enviaron millones de mensajes de móvil (y en cinco idiomas distintos) a votantes que habían sido previamente identificados como “progresistas”. 

La mezcla entre digital y personal, desde luego, fue inteligente. Y realmente útil. El 26 de junio, día de las primarias demócratas, AOC contaba con un auténtico ejército de unas mil personas dispuestas a convencer a sus allegados, familiares, amigos, vecinos o simples conocidos de que votasen por su candidata. Eran personas que se habían movilizado para Bernie Sanders, pero que en principio no tendrían porqué haberse movilizado para unas simples primarias demócratas. Pero lo hicieron. Y aquí está una de las claves de la victoria. 

En total, se incrementó en un 68% el número de votantes respecto a las primarias de septiembre del 2014. Lo que dicho así suena a subida estratosférica, pero en cifras absolutas no fue para tanto. Alexandra Ocasio-Cortez recibió 16.898 votos (el 56.7%), mientras que Joseph Crowley se tuvo que conformar con 12.880 (el 43.3%). Es decir, no votó prácticamente nadie en un distrito donde en el 2018 estaban censadas 706.440 personas.

Eso sí, cuando el día de las elecciones al Congreso llegó (el 6 de noviembre del 2018), Alexandria ganó holgadamente frente a los republicanos. Obtuvo 100.044 votos (el 78.2%), mientras que el candidato republicano, un prácticamente desconocido Anthony Papas, sólo ganó 19.202 (el 13,6%). Visto así, parece que AOC obtuvo una victoria aplastante. Espectacular. Nunca vista antes. Histórica. Al menos, así nos lo quisieron hacer creer. 

Ciertamente era un número importante. Pero también lo fueron todos los resultados previos en todas las victorias demócratas anteriores en ese distrito. De hecho, AOC consiguió menos votos que sus antecesores. La demócrata Carolyn Moloney obtuvo 130.175 votos en 1996, 148.080 en el 2000 y 186.688 en el 2004. El mismo Joe Crowley sacó 120.761 votos en el 2012 y 147.587 en el 2016. Así que los 100.044 votos de AOC tampoco fueron nada “histórico”. Más bien fue un resultado algo modesto. 

Aún así, cierto tipo de prensa no estaba dispuesta que unos cuantos datos, por muy elocuentes que fueran, les amargasen la fiesta. Y desde el principio se mostraron entusiasmados por esa rutilante y esperanzadora “nueva estrella” que había aparecido en el firmamento y que pugnaba por eclipsar con su luz cegadora al malísimo establishment. Y ha continuado con esta narrativa en estos dos años, magnificando el fenómeno Alexandria Ocasio-Cortez a niveles de diosa del Olimpo. 

Portada de la revista Time, con la fotografía de Alexandria Ocasio-Cortez.

“Ocasio-Cortez se ha convertido en la segunda política de la que más se habla, sólo por detrás del Presidente de los Estados Unidos”, aseguraba la revista Time en marzo del 2019. “Es un fenómeno político: en parte activista, en parte legisladora, seguramente la mejor “storyteller” en el partido desde Barack Obama y quizás la única demócrata ahora mismo con la suficiente potencia como para retar en la presidencia a Donald Trump”. Ahí es nada. 

Ocasio-Cortez, desde luego, no ha desaprovechado su gran oportunidad. Aparte de hartarse a dar entrevistas, comenzó desde muy pronto a viajar por todo el país. Por no decir que sus seguidores de Twitter pasaron de 49.000 en el 2018 a 3.5 millones a comienzos del 2019; actualmente tiene 7,4 millones. 

¿La nueva política?

Más que en una política, Alexandria Ocasio-Cortez se ha convertido en un auténtico icono cultural. Es, sin duda, un foco de luz para un público progresista y fundamentalmente millenial que disfruta viéndola en Instagram Live preparar sopa de frijoles o cambiar las plantas de maceta. Cuando desveló qué pintalabios empleaba (“Beso”, de Stila), se agotaron las existencias. 

En el Congreso, AOC forma parte de un grupo de demócratas jóvenes muy de izquierdas que se hacen llamar “The Squad”. Aparte de Alexandria, lo integran Rashida Tlaib de Michigan, Ilhan Omar de Minnesota y Ayanna Pressley de Massachussetts. Todas son muy activas en las redes sociales y muy radicales en sus propuestas: son las que critican a Israel, defienden la inmigración sin ningún tipo de límites y quieren poner en marcha un “Green New Deal” tan sumamente osado que, como observó el asesor Sebastian Gorka, aprobarlo sería un regalo para los republicanos (muchos en el Congreso lo llaman el “melón” porque es “verde por fuera, pero rojo comunista por dentro”). 

Ni que decir tiene que las prensa de izquierdas está obsesionada con ellas, y no hay día que no les dedique un artículo (elogioso, por supuesto), pero entre los demócratas más moderados cunde el escepticismo. Y entre algunos, directamente el pánico. Muchos temen que, en el fondo, estas políticas, aunque bienintencionadas, acaben apartando a los votantes menos sectarios. Que son, al fin y al cabo, los que menos ruido hacen en Twitter, pero los que realmente sostienen al partido. 

Por no decir que muchos congresistas demócratas creen que Alexandria Ocasio-Cortez es puro marqueting: una persona obsesionada por salir en la televisión, pero sin propuestas concretas, ni una agenda política sólida más allá de cuatro eslóganes rimbombantes para llamar la atención en las redes sociales. 

Lo cual, todo hay que decirlo, gran parte de razón tiene. Alexandria Ocasio-Cortez parece más interesada en dar grandes discursos moralmente impolutos que en pensar en cómo llevarlos realmente a la práctica. Con lo que no puede ofrecer ningún resultado tangible. Pero, según su equipo, lo relevante aquí no es  cuántas leyes consiga aprobar (porque no va a haber ninguna), sino su influencia a la hora de modelar el debate. 

Es decir: más que una activista, ella se postula como una “influencer” de la política, una persona con una capacidad de movilización ingente a través de redes sociales. Una persona que con un solo twit o un solo post en Instagram es capaz de crear debate e influir en la opinión pública. Lo cual es fantástico, pero en sí mismo no soluciona los problemas a la gente. 

Todo un imperio

En estos dos años que lleva en el Congreso, Alexandria Ocasio-Cortez no sólo ha conseguido incrementar su número de seguidores en Twitter e Instagram. También ha llenado sus arcas y ha construido una de las maquinarias electorales más eficientes, robustas y potentes que se recuerdan en Washington. 

Según datos oficiales de la Federal Election Commission, en 18 meses AOC ha conseguido más de 10,5 millones de dólares. Es cierto que ha evitado el circuito tradicional para conseguir fondos (es decir, no se la ha visto en cenas de gala a 1.000 dólares el cubierto) y también es cierto que el 80% de sus donantes son pequeños contribuidores (personas que, como máximo, han donado 200 dólares). Aún así, la cifra recaudada sigue siendo espectacular, una de las más altas conseguidas por una congresista. 

Y la está invirtiendo. A pesar de que su equipo de campaña insiste en que siguen siendo “un movimiento de base”, movido principalmente “por la gente obrera de la calle”, la realidad es que AOC se ha gastado más dinero que cualquier otro congresista demócrata en asegurar su reelección en las primarias demócratas de Nueva York. 

En concreto —y según cifras oficiales de la Federal Election Commission—, AOC se ha gastado la friolera de 6,3 millones en su campaña para la reelección, la mayor cifra registrada entre congresistas demócratas. 

Desgranando: tan sólo en anuncios de Facebook pidiendo donaciones se ha gastado 1,2 millones. En los cinco días previos a las primarias invirtió 363.000 dólares en anuncios en la radio. Se ha dejado también medio millón de dólares “alquilando” listas de correos electrónicos de una consultoría de Washington. Y, por si fuera poco, ha contratado a 30 personas en el 2020 para asesorarla en temas electorales, una cifra que recuerda más a una campaña al Senado (o incluso a la Presidencia) que a una campaña para unas primarias demócratas en uno de los distritos más de izquierdas del país. 

Una amenaza inexistente

AOC se ha gastado 6,3 millones de dólares en una campaña donde, siendo sinceros, la única oposición era Michelle Caruso-Cabrera, una antigua presentadora de TV y con un pasado republicano. Una señora de la que ningún medio de comunicación ha hablado demasiado. 

AOC se afanó desde el principio a destacar que su rival estaba financiada por los titanes de Wall Street. Lo que es cierto: el CEO de Blackstone Steve Schwarzman y el de Goldman Sachs, David Solomon contribuyeron dinero.  Scharzman dio 2.800 dólares y Solomon, 5.600 dólares. También dieron el cofundador de Home Depot Ken Langone y el millonario Paul Tudor (que le dio 2.800 dólares). 

Es decir: no hay duda de que Wall Street se movilizó contra AOC. Pero no dieron millones y, además, más de uno tenía experiencia dando dinero a candidatos demócratas. Sin ir más lejos, Paul Tudor Jones organizó un masivo evento de recogida de fondos para Barack Obama en el 2008. 

De hecho, en total Michelle Caruso-Cabrera “sólo” consiguió 2 millones de dólares para su campaña, muy lejos de los 10,5 millones que había conseguido AOC. 

Pero más allá del baile de cifras recaudadas, lo peligroso de Michelle Caruso-Cabrera era que destapaba los puntos débiles de AOC. Básicamente, Caruso dijo que AOC era una figura “que polariza” y que, más allá de lanzar proclamas en Twitter, no ha conseguido nada tangible para los habitantes de Queens y el Bronx. 

En concreto, Caruso se centró en la oposición de AOC a la “CARES Act” (Coronavirus Aid, Relief, and Economic Security Act), una ley que aseguraba 2,2 trillones de dólares para paliar los efectos del coronavirus. Era el mayor paquete de estímulo económico de la historia (equivalente al 10% del PIB), mucho mayor que la ley de estímulo del 2009 para responder a la Gran Recesión (831 billones de dólares). AOC dijo que votó en contra porque la “ley estaba mal estructurada” y “no respondía a las necesidades reales del país”. 

Hubo otra crítica importante: la oposición de AOC a los planes de Amazon para construir unos segundos “headquarters” (cuarteles generales) en Queens. El Ayuntamiento y el Estado de Nueva York ofrecieron a Amazon 3.000 millones en incentivos fiscales para que la compañía abriese sus oficinas allí, una oferta a la que AOC se opuso vehementemente. 

El Ayuntamiento defendió su propuesta alegando que muchas ciudades pugnaban por ser la sede y que esa sustanciosa rebaja serviría de acicate. Pero AOC dijo que era dinero del contribuyente y que no debía regalarse a multinacionales. Además, como la sede iba a instalarse en Queens, temía que gentrificase aún más la zona y subiese excesivamente los alquileres. 

Todo hay que decirlo: al principio, Amazon dijo que no se instalaría en Nueva York (y AOC recibió muchas críticas por ello), pero luego rectificó y decidió hacerlo “sin requerir nada de las finanzas públicas”, como dijo AOC en un twit. 

Una imagen perfectamente estudiada

Había otra gran crítica de soslayo: que AOC era mero marketing. Y esto lo creen hasta sus compañeros demócratas. La mismísima Nancy Pelosi, la decana de los demócratas en el Congreso, llegó a decir al New York Times que “vive en su mundo de Twitter. No tiene seguidores reales. En realidad, sólo le apoyan cuatro personas y esos son todos los votos que obtuvo”. Ahí es nada. 

Desde luego, es una crítica que está calando y AOC lo sabe. De ahí que, a pesar de que tenía la reelección asegurada, se dejara una cantidad ingente de dinero en estudios de opinión. Se sabe, por ejemplo, que se ha gastado casi 60.000 dólares en encargos a Lake Research Partners, una compañía de encuestas muy solicitada por los demócratas. 

Lo que nos lleva a la pregunta final: ¿es esto realmente la nueva política? ¿Gastarse 6,3 millones de dólares en unas primarias demócratas que tienes ganadas de sobra representa realmente a un “movimiento de base”? ¿Existe tal movimiento? 

No, y ahí está el quid de la cuestión. Por mucho ruido que haga AOC en redes sociales, su estrellato no representa el nacimiento de una nueva “era progresista” en Estados Unidos. Sólo es una prueba más de que la política se ha vuelto un mero espectáculo. 

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